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¿Cualquiera puede ser político?

¿Cualquiera puede ser político?

Por Enrique Belda, Profesor Titular de Derecho Constitucional.

 

Pues sí, puede y debe. No solo en el sentido de sentirse con responsabilidad permanente como jefe de los que gobiernan (el significado que usa esta serie de colaboraciones desde hace cinco años): también optando a cargos y funciones públicas.

 

La dimisión de la deportista Ruth Beitia como candidata a la presidencia de Cantabria suscita muchos comentarios en torno a las dificultades de renovación de la clase política, bien por la complejidad que en la práctica tiene el ejercicio del poder y la gestión de la propia imagen cuando se mantiene un perfil público, bien por la resistencia de los apoltronados a ceder sus asientos a personas nuevas. Lo cierto es que algo de las dos cosas hay. Por una parte, la llegada de nueva gente a las administraciones y cargos, que es una absoluta necesidad, demanda un cierto tiempo de adaptación pues algo de oficio, y por tanto de aprendizaje tiene. Pero eso no es una dificultad para que suela ser un éxito el aterrizaje de ciudadanos, famosos o anónimos, por primera vez a las instituciones. Por otra parte, es natural también que los equipos ya formados, y eso se ve mucho en víspera de elecciones, se resistan a ceder espacios a quienes no sudaron la camiseta. No siempre es cosa de celos ni de retener honores y sueldos, también en ocasiones se hace patente la incongruencia de renovar por renovar.

 

Dicho esto, es un clamor fundamentado la necesidad de que los banquillos se muevan, los gobiernos se abran a gente totalmente virgen y se ventile la relación representativa, manteniendo por el bien público a todos los que lo merezcan o tengan aún cosas que decir. ¿Saben dónde está la trampa, y porqué surgen los problemas de las renovaciones y las nuevas incorporaciones?

 

Cuando las mismas no son espontaneas o naturales y son articuladas e impulsadas por los que no quieren marcharse para que los que llegan sean de su cuerda, manejables, y no les hagan sombra. Ahí surge el fallo pues se cortan de raíz legítimas aspiraciones de base popular o carreras silenciadas de gente válida. No ha sido el caso de Ruth Beitia, que ya era política antes de saltar, nunca mejor dicho, a primera línea. Sabía a lo que se enfrentaba y quienes la impulsaban creían en sus posibilidades, pero se ha colado en el proceso el factor humano y en la balanza vital de la deportista han pesado mucho los inconvenientes, especialmente de implacable persecución social, hacia el político, aunque quiera ser diferente. Hoy por hoy la sociedad dispara y luego pregunta.

Rafael Ayala